7 lecciones de «The Last Dance»

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Definitivamente, The last dance, el documental producido por Netflix sobre la carrera de Michael Jordan, organizado en torno al que habría de ser su último año en activo, nos ha devuelto parte de la juventud al tiempo que ha llenado de esperanza estos días de cuarentena y retiro obligado. Muchos de los recuerdos que flotaban por nuestra memoria han adquirido un nuevo sentido y han asentado su papel dentro de nuestra biblioteca. Al mismo tiempo, recuperando la pasión por el juego, y la victoria, de Michael Jordan, uno acepta que este no es el fin, que volveremos a ver, practicar y entrenar baloncesto.

De paso, estas cerca de nueve horas de producción nos han dejado unas cuantas recetas. Recetas válidas para creyentes y profanos; para jugadores, entrenadores y directivos; para aficionados o meros habitantes del planeta, tal era la universalidad de su figura, una de las más influyentes del siglo XX. Su nombre figurará en todos los libros de historia.

1. No habrá nadie como Jordan

Es tarde para eso. A su indudable calidad, a sus cualidades atléticas y su talento se sumó ese halo que acompaña a los sucesos que no son del todo explicables, a los que llegamos a través de terceros, mediante rudimentarias conexiones vía satélite y la lectura de revistas a las que conferíamos un valor casi bíblico. Como en el caso de Aquiles u Odiseo, de Jordan supimos no tanto por lo que vimos, como por lo que nos contaron. Y no nos hizo falta ver para creer. Ahora, en cambio, la política de puertas abiertas juega en contra de los Lebron y compañía, esos chicos se pasan los ratos libres jugando al Fortnite.

Nueve horas de producción nos han dejado unas cuantas recetas

2. La vida es un proceso, pro-pro-ceso

Salvo que se prefiera jugar a la tómbola, que es a lo que nos dedicamos la mayoría, cuando avanzamos sin plan y nos lamentamos con cada jugarreta del azar, un elemento que no va a dejar de intervenir, pero que afecta menos a quienes, como Jerry Krause, GM de aquellos Bulls, conocen los datos, la lógica interna del juego y se toman un tiempo para pensar. Decía Forges que si los demás no dibujaban como él era porque no se tomaban tres días para darle una vuelta al asunto.

3. De la anarquía a la república por la tiranía

En la misma línea del punto anterior, es interesante analizar cómo se fueron alterando los equilibrios de poder a lo largo del periplo de Michael Jordan en los Bulls. Los primeros años, el equipo, sin expectativas razonables de triunfo, decidió que la disciplina era un lastre innecesario para los beneficios que podrían obtener de ella, cinco o seis victorias más, nunca la fama. En ese vacío de poder irrumpió la figura de Michael, que bien podría haber entrado en esa dinámica y haber sido solo otro caso de talento desperdiciado, pero no, poco a poco, con su actitud y ética de trabajo fue ganando peso en la organización hasta opinar sobre cuestiones en los despachos e imponer un clima de trabajo exigente durante los entrenamientos. Fue entonces cuando llegó Phil Jackson para encauzar su temible ego y ponerlo al servicio de la organización. El despotismo ilustrado de Jordan fue reconducido gracias a la personalidad y la sabiduría de Phil Jackson hacia una forma más republicana, con instituciones y jerarquías, sí, pero no abusos de poder injustificados.

4. Un sistema para gobernarlos a todos

Nunca se dará suficiente crédito a la tozudez con la que se expresó Tex Winter a la hora de hacer valer la ofensiva triangular o triángulo ofensivo. En vez de una estéril escalada de tensión dialéctica, “Michael, pasa la bola”, Tex y Phil consiguieron su propósito al introducir, poco a poco, las múltiples variables de un sistema que obliga a todos los jugadores a pasar y jugar sin balón.

5. La mayor parte de los equipos pierden

Los Bulls, como Indurain casi en la misma época, dejaron marcadas las carreteras estadounidenses con la sangre de sus rivales. Fueron muchos los que intentaron poner en jaque esta dinastía y de todos ellos podemos y debemos aprender. Muchos de ellos demostraron orgullo para sobreponerse a inicios de serie desastrosos, otros exprimieron a los de Chicago hasta el final. Tuvieron la mala suerte de coincidir en el tiempo con uno de los mejores equipos de la historia, pero murieron con las botas puestas.

«Michael, pasa la bola»

Tex Winter y Phil Jackson optaron por diseñar un juego que les obligaba a pasarla.

6. Nunca es solo baloncesto

Me encanta la relación de Jordan con su equipo de seguridad, no veo nada impostado en la camaradería con la que se desarrollan sus reuniones. Y veo también cómo han caído todas las barreras y nadie es más que nadie en torno a esa mesa en la que se sientan en la previa de los partidos. El divismo de Jordan, también por la cuestión generacional antes mencionada, tiene algo de inocente y humano, algo que no consigo observar en las estrellas de la NBA de hoy en día, aunque seguro que me equivoco.

7. Simplemente un entrenador

¿Quién es ese tipo de barba cana que está de pie en el vestuario y les dice cómo va a ser el partido y en qué cuestiones deben centrarse? Y que lanza dos, tres mensajes, no más. Y que de pronto está hombro con hombro con un jugador, viendo la televisión, o manteniendo una conversación sobre la vida. Ah, bien, dice Pippen que es el mejor entrenador de todos los tiempos. Tendremos que creérnoslo. Ha ganado once anillos gestionando, jugando muy parecido e improvisando muy poco; llegando al alma de cada jugador y creando, al mismo tiempo, verdaderas hermandades a su alrededor. Todo el crédito para él, aunque nos neguemos a creer que pueda ser tan simple.

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