Diario de un encierro. Día VIII

Oh, capitán, mi capitán

He estado muy tentado de guardar silencio. Si Theodor Adorno se preguntaba si sería posible escribir poesía después de Auschwitz, confrontando la inutilidad de la belleza de los versos con la banalidad de aquel mal institucionalizado hasta la náusea que se desarrollaba en los campos de concentración, estos tiempos instan a la siguiente pregunta: ¿es posible seguir hablando de baloncesto después del covid 19, un mal que amenaza tantas vidas y puestos de trabajo?

Pienso en mis amigos, los de la infancia, el instituto y la universidad, en quienes aceptan mi pasión por el baloncesto y sobrellevan que pase largas temporadas lejos del hogar, que firme contratos de corta duración y viva en un estado constante de incertidumbre. Pienso también en mí mismo como un barco rompehielos en el Estrecho de Bering, abriéndose paso como puede entre la banquisa, esperando que las aguas del Ártico se calienten, aunque ello suponga la extinción de numerosas especies. Hay que sobrevivir.

Tengo la privada sensación de que el baloncesto está renunciando a su carne y su hueso

Recuerdo el baloncesto cuando era un juego y aún no se hablaba de ángulos, arcos ni se conceptualizaba cualquier acción espontánea como una categoría. Tengo la privada sensación de que ahora, al amparo de los avances de otras disciplinas, también por la necesidad de ser alguien en este mundo de adultos, el baloncesto está renunciando a su carne y su hueso y se está robotizando hasta el hastío. Todo para que los jugadores de hoy en día sigan visitando Atlantic City la noche antes de un partido de playoffs contra los Knicks (acusación que le hacían a Jordan en 1993), aunque no creo que los casinos de cualquier ciudad de provincias alcancen este glamour.

En fin, iba a guadar silencio y ya son cuatro, con este, los párrafos que he escrito. Todo como preámbulo para, en este día de la poesía, rescatar las siguientes palabras del poeta de América, Walt Whitman: En el intenso entrenamiento para esta vida, que es en sí misma una lucha continua contra una u otra forma de adversario, el objetivo debería ser moldear un carácter sólido e inquebrantable para resistir los largos y duros ataques que sufrirá, y salir indemne de ellos, más que la capacidad de realizar hazañas sorpresivas y brillantes, las cuales suelen agotar las facultades desplegadas sin hacer ningún bien sustancial.

Y es que ya que hablamos de baloncesto en estos tiempos de tribulación, decidme, entrenadores del mundo, por qué no aspirar a ser, en vez de un señor de traje experto únicamente en baloncesto, el añorado capitán que yace extendido, helado y muerto sobre el puente, el Abraham Lincoln de nuestra pequeña nación de jugadores. ¡Oh capitán, mi capitán!

21 marzo, 2020

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