Diario de un encierro. Día XII+I

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Lo confieso. Ayer no completé mi sesión de quinientos tiros diarios. Vamos, que no escribí nada, que me salté el trabajo diario y ahora de poco sirven las excusas. Y encima dicen los expertos en el sueño que estas cosas no se recuperan, que no vale de nada dormir dieciséis horas el domingo después de encadenar jueves, viernes y sábado de farra. En fin, lo que os decía, que ayer me concedí un tiempo muerto.

Será porque termino de ver una película de Woody Allen, ya saben, con todos esos señoritos de Manhattan cenando y discutiendo sobre la fugacidad de la vida, la superficialidad de los proyectos humanos y todos esos rollos existencialistas. Será porque el retiro empieza a pasar factura a nuestra condición de animal esencialmente social o, simplemente, que el peor de los pronósticos se ha hecho realidad. Sin tener trabajo, sigo sin tener tiempo. Y los Ensayos de Montaigne me siguen poniendo ojitos.

Esta noche pasada he tenido una pesadilla

Por lo que sea, esta noche pasada he tenido una pesadilla. Os pongo en situación: una reunión de señores de traje, un piano, varios camareros ofreciendo copas de vino y viandas, todas ellas de alta cocina. Muchos señores de traje, ya dije, con pizarra en la mano, no estoy seguro, felicitándose por el último León de Oro, la secuencia de cierre de una película, el último capítulo de una miniserie, “incroyable, increíble”. Creo que lo que más me asustó fue el dato de la pizarra, porque no era una claqueta, era una pizarra.

Me da la sensación de que el divismo se nos ha ido de las manos

Me da la sensación de que el divismo se nos ha ido de las manos. Veo a los directores de cine y los alabo como tipos creativos que son, pero me preocupa, francamente, su salud mental. Hablan de otros tipos como de genios, los homenajean constantemente en sus propias películas, y hasta se visten y actúan como ellos. Y yo solo veo gente con un talento especial, con un don para imaginar escenas y reproducirlas, para gestionar recursos humanos, convencer y ceder, si es necesario. Veo a hombres y mujeres que hacen muy bien su trabajo.

En fin, me preocupa. Yo soy el primero que he alimentado listas, que trato de imitar a algunos entrenadores, no tanto en el qué como en el cómo, pero soy un iconoclasta y un claro defensor de los jugadores, por malos que sean (motivo universal por el que el director defiende una película que no funcionó). Estoy asistiendo a muchos debates entre entrenadores, casi todos en chándal, menos mal, y nadie toca el piano, lo que me tranquiliza. Pero vaya, me preocupa, me preocupa verdaderamente el grado de problematización, el pseudocientifismo, tanto que ya espero que de esta cuarentena salga una suerte de Nouvelle Vague, que los nuevos Truffaut y Godard están asomados a la puerta, esperando a que Sánchez derogue el decreto de alarma y el miedo empiece a correr en todas las direcciones.

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