El currículum oculto del baloncesto

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El baloncesto puede ser lo mejor y lo peor del mundo. Muchos que han visitado sus particulares cielo e infierno lo saben. El baloncesto no es nada, solo una palabra que hace referencia a un juego con unas reglas determinadas que fue evolucionando y popularizándose hasta dejar de ser un juego.

O hasta ser un juego en manos de empresarios venidos de otros sectores que no creen, ni tienen por qué, en el baloncesto. En el baloncesto antes de ser lo que es ahora el baloncesto, creo que me explico. Es decir, el baloncesto no es nada y es todo, como toda palabra polisémica abierta a numerosas interpretaciones en función de cómo se combinen los elementos que lo integran.

¿Un arma cargada de futuro?

Podría ser, como definiera Celaya a la poesía, un arma cargada de futuro. O tal vez no, si esta crisis viene para quedarse y esto del balón y las canastas pasase a un segundo plano, tal vez merecido. Entonces no sería más que un pedazo de pasado, de historia del siglo XX, algo que nos explica como sociedad, en la medida en que evidenció, y después censuró, la existencia de un racismo sistémico y enraizado. O en la manera en que simbolizó conflictos geopolíticos como el de la antigua Yugoslavia. O también como alimentador de sueños un verano del 84 o de 2006. Por ejemplo.

El baloncesto, podría ser, como definiera Celaya a la poesía, un arma cargada de futuro. O tal vez no.

Tal vez sea un elemento para la educación de los jóvenes, pero tantas veces ha demostrado ser la excusa para destrozarla que ya no podemos darlo por hecho. He visto a chicos, guiados por un mal ejemplo, con los ojos inyectados en sangre tratando de humillar a un chico de su edad. He visto a adolescentes abandonar la senda del estudio y el trabajo impulsados por mentores que los endiosaban más en base a sus propios deseos que a los del joven. He visto machismo, bullying, líderes carismáticos con valores incompatibles con la vida en comunidad.

Universidad de Kentucky, 1969-1970. Tommy Payne, en el centro de la imagen, tuvo que soportar graves insultos racistas

El baloncesto, un instrumento educativo, o no.

No podemos llenarnos la boca con “los valores del baloncesto”, entre otras cosas porque no los tiene. Ni siquiera su fundador fue tan allá, aunque podamos deducir de las reglas originales un intento por fomentar la cooperación, el sentido colectivo y la renuncia a las individualidades o estrellatos. Los valores, como la ética, son individuales, se forjan en una cancha pero también fuera de ella. Y también se adquieren de manera no orquestada, cuando estamos con la guardia baja y el entorno se mimetiza con nosotros. A partir de ese momento, como buenos gregarios, empezamos a actuar como todo el mundo, ya sea por cortesía o naturaleza.

Y como estamos dentro carecemos de la perspectiva para vernos y examinarnos, para ser críticos con nosotros mismos. De ahí que reproduzcamos con absoluta naturalidad rituales castrenses, asumamos jerarquías indignantes, lenguajes predominantes o machistas.

En The last dance pudimos comprobar el trato denigrante que algunos miembros de los Chicago Bulls le dedicaban a Jerry Krause. ¿Todo está justificado?

O el narcisismo propio de quienes generan atención por lo que parecen, no necesariamente por lo que son. Y normalmente todo lo que llega son mensajes para insistir o reproducir estos patrones, para seguir celebrando fiestas paganas cada vez que se juega un partido con la versión actual de las reglas originales de Naismith y se rinde pleitesía a los nuevos becerros de oro.

Este es el currículum oculto (concepto acuñado por Philip Jackson para el ámbito educativo) del baloncesto, o lo que queda de él. El que asumimos cada vez que lo practicamos, lo entrenamos o nos sentamos ante el monitor sin espíritu crítico, rendidos ante lo que es, sin la menor idea de lo que podría llegar a ser o haber sido. Habiendo olvidado lo que sentimos la primera vez que lo jugamos.

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