El spacing en formación, un asunto pendiente

Tal vez si me hubieran enseñado geometría con baloncesto en vez de con la dimensión de las parcelas, la sombra de los edificios o la tediosa elaboración de poliedros en 3D, no tendría un recuerdo tan sombrío de los últimos trimestres de la asignatura de matemáticas, habitualmente consagrados a memorizar las fórmulas de las áreas de las superficies y los volúmenes de los cuerpos, cuando no al dibujo técnico y preciso de mediatrices, bisectrices o arcos de circunferencia en los que el más mínimo desvío del rotulador provocaba la necesidad de reiniciar la obra.

Los espacios, en su inexorable conexión con el tiempo, son clave en el baloncesto, un juego que se desarrolla en un tablero que ha visto cómo las piezas incrementaban su tamaño (y su velocidad de desplazamiento) mientras que sus medidas seguían siendo las mismas, lo que lo ha hecho, por aquello de la relatividad, más pequeño. Esto, además de ampliar rangos de lanzamiento y efectividad, nos exige ser creativos ya desde la enseñanza del spacing en formación, pues en la vieja idea de simplificar el juego estábamos cometiendo dos errores básicos al hacerlo monótono (rígido, esperable) y, contra toda lógica, más complejo para el jugador, hecho que explicaré en el segundo de los siguientes siete puntos:

1. Dividir, doblar y… amenazar

Dividir, doblar y… amenazar. Partan de lo siguiente: no importa tanto la disposición de los jugadores en ataque como la respuesta que provocan en la defensa. Por lo tanto, aclarar ante defensas que defienden el balón con triángulos defensivos amplísimos y normas muy claras de ayudas y rotaciones no tiene demasiado sentido. La clave del juego sin balón en formación, dadas las tendencias defensivas, debe dejar de ser “deja jugar” y empezar a ser “amenaza”. Luego divido, doblo y amenazo ocupando espacios en los que mi presencia inhabilite la ayuda (o una segunda ayuda) o me permita castigar cualquiera de ellas con una acción de alto porcentaje de acierto.  

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2. El dogma del 5 abiertos

El dogma del 5 abiertos. Hay pocos principios más incuestionados que el de que en alevines, preinfantiles y, muchas veces en infantiles, es obligatorio jugar cinco abiertos, lo que conecta claramente con el punto anterior. Y en mi opinión ni es formativo, por falta de variedad (el juego muchas veces se convierte en un dividir desde el arco para finalizar o terminar en las esquinas), ni es efectivo, pues el perímetro se convierte muchas veces en un muro infranqueable. Urge, sin provocar ningún cisma en la ortodoxia, enseñar la figura del penetrador olvidado, introducir cortes cerca del balón, o en el lado contrario cuando no es posible ser vertical y utilizar como fuentes de creación, las subidas a lo alto de la bombilla y los codos o los balones en las esquinas cortas para generar a partir del juego sin balón.

3. Compartir (espacios) es vivir

Compartir es vivir. Ante la tradicional polémica de qué tipo de bloqueos empezar a utilizar en el proceso formativo, siempre me decanto por el indirecto. Entre otras cosas por el elemento lúdico que comporta, no deja de ser un juego de escape y colaboración, un 2×2 por intuición e inteligencia conectado con todo lo que pasa en el resto de la cancha y sin el inconveniente del balón. Además, mientras que el juego de bloqueo directo y mano a mano en edades tempranas conduce muchas veces a soluciones de cambio que focalizan mucho el juego en el portador del balón, el juego de indirecto es un claro 3×3 (+2×2). Hay más jugadores leyendo, hay más reacciones posibles y hay más incertidumbre.

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4. Mal spacing, buen spacing, ¿quién lo sabe?

Esta idea se la debo a Jenaro Díaz, profesor de Sport Coach, con quien he tenido la suerte de compartir estas dos últimas temporadas. Y me parece una idea muy formativa, pues introduce el valor del sacrificio, lo importante que es para el equipo que jugadores no se involucren en el juego ofensivo para mejorar las opciones de sus compañeros, algo habitual en muchos deportes como el voleibol (donde jugadores fintan sabiendo que no golpearán) o el fútbol (desmarques de arrastre).

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5. Nuevos tiempos, nuevos espacios.

Aparte de la demonización del juego de espaldas a la canasta, creo que las nuevas tendencias del baloncesto exigen que ampliemos el catálogo de espacios por los que debe saberse mover un jugador. Si enseñar baloncesto es proporcionar experiencias formativas, creo que nuestro juego colectivo debe posibilitar situaciones como las ya referidas en esquina corta o codos, espacios naturales no solo para las salidas de bloqueos indirectos, sino también para iniciar el juego. Además, con el ánimo de ampliar la cancha, hemos de invitar a nuestros jugadores a ser funambulistas por la línea de fondo (al más puro estilo Jordi Trías o Dwyane Wade) y a aparecer en la espalda del balón, una vieja idea del baloncesto balcánico que las defensas más conservadoras han vuelto a poner de moda.

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6. Jugar con blancas.

Tras un período en el que las defensas dominaron las principales ligas, tanto en el viejo continente como también en la NBA, los ataques, otrora estáticos, basados, como decíamos, en el dejar jugar, empezaron a comprender las respuestas defensivas y optaron, finalmente, por aprovechar la iniciativa que les concede contar con el balón, “jugar con blancas”. Esto hizo que se pusieran de moda los spacing dinámicos, en los que en nada tenía que ver la disposición inicial con la disposición definitiva, es decir, con la disposición de los jugadores en el momento de obtener la ventaja determinante. Cortes por línea de fondo, Iverson cuts o un simple cambio en la orientación del bloqueo directo cambian de pronto la disposición de las piezas y obligan a la defensa a improvisar, algo que, por el momento, no están haciendo con éxito, al estar ancladas a las viejas normas y a un baloncesto mucho más estático.

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7. Mejores jugadores, mejores espacios

Mejores jugadores, mejores espacios. Todo lo anterior es mera geometría. Lo mejor para ampliar la cancha es tener un jugador que perciba, decida y ejecute con éxito en el menor tiempo (y espacio) posible. Y no me refiero solo al tiro, sino a una comprensión global del juego que le permita anticipar situaciones en conexión con el resto de sus compañeros. Y aquí, a pesar de que el jugador español se encuentre entre los más listos de la clase, seguimos arrastrando déficits. Seguramente por la prolongación innecesaria del dogma del 5 abiertos o por la vergüenza que provoca avanzar en lo táctico, como si no cupiera un desarrollo paralelo de las cuestiones físicas o técnicas. No se trata de ganar, se trata de ampliar el catálogo, provocar incertidumbre e incentivar la resolución de problemas por parte del jugador.

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