Entrenadores que proyectan, entrenadores que rematan

Dos perfiles de entrenador, dos objetivos de dirección deportiva.

Tomando un café con dos buenos amigos, uno de ellos soltó una frase que se me quedó grabada:

“Hay entrenadores que inician proyectos y otros que los rematan”.

Si a los primeros les encanta planificar, desarrollar jugadores y sentar las bases de un juego colectivo, tanto en defensa como en ataque, los segundos son especialistas en hacer competir a sus equipos, para lo que no dudan en llevar al límite las dinámicas internas (fijando, por ejemplo, roles muy cerrados) y recurrir a métodos muy agresivos, de preparación física y psicológica, para extraer el máximo rendimiento de los jugadores. Puso algunos ejemplos, basados en su experiencia personal, desde niveles ACB a otros más amateur, y ligó ambas categorías con la clásica división entre entrenadores que son educadores y formadores y aquellos otros que, ya en cantera, priorizan los resultados y la competición (cabría determinar si ambas facetas son o no compatibles).

Introdujo, de esta manera, una variable nueva en el debate que abrimos en la anterior entrada acerca de la continuidad o el cambio de los entrenadores cuando los resultados no son positivos. Ello enlaza también con la cultura de cada club –algunos no se pueden permitir períodos de transición y crecimiento, solo ganar y volver a ganar– y con la filosofía del director deportivo, aunque esta debería estar en consonancia con la del entrenador, pues de la buena salud de este binomio depende en gran medida el éxito deportivo de un proyecto, sea cual sea la definición de éxito en cada caso.

Los Lakers parecen haber visto en Luke Walton, el perfil candidato para liderar un proyecto ganador en el medio plazo. En: Foto Cortesía de Gigantes

Si diéramos por buena esta clasificación, parecería lógico conceder un crédito distinto a cada perfil de entrenador, debiendo ser más generosos con aquellos que prometen intereses a largo plazo que con aquellos que vienen con el aval de competir inmediatamente, de crear equipos ganadores en un abrir y cerrar de ojos (rescato la siguiente entrevista a Gregg Popovich tras ser nombrado entrenador del año). Esto también nos permitiría hablar de

“entrenadores de club” y “entrenadores de selección”,

aunque todos podamos concluir que las fronteras entre ambas categorías son permeables y que la historia está plagada de técnicos exitosos en uno y otro ambiente. Sin embargo, no es difícil aceptar que se trata (por los plazos y los objetivos) de dos trabajos muy distintos y que es muy posible que haya entrenadores mejor adaptados, por su propia formación y filosofía, a las exigencias de uno u otro cargo.

Este debate, presente en el fútbol desde hace mucho tiempo, donde los entrenadores son rápidamente etiquetados como filósofos o puristas (Menotti, Bielsa, Guardiola, Valdano), ganadores o resultadistas (Bilardo, Joaquín Caparrós, Mourinho) o gestores de grupo (Del Bosque, Scolari,…) no encuentra una analogía tan evidente en el baloncesto. Si los primeros requieren de proyectos a largo plazo, pues en la maleta llevan un simple plano del edificio y muchas ideas, los segundos dicen ser capaces de reconstruir el templo en tres días (ocultan, eso sí, que tal vez lo dejen en ruinas a su marcha), siendo esta su especialidad. Los últimos, por su parte, hábiles diplomáticos no exentos de conocimiento, también son buenos en contextos de crisis, pero podrían, si gozaran del crédito que no siempre tuvieron, construir para largo, pues sus métodos son menos agresivos.

Larry Brown, habitual “apagafuegos” en la NBA. En: Foto Cortesía de Gigantes

No es sencillo trasladar esta clasificación al mundo del baloncesto, aunque podamos pensar en Larry Brown como un técnico de rápida rentabilidad (en uno de sus últimos episodios convirtió a los Pistons en campeones en su primera temporada y los equipos solían acudir a él para solventar períodos de crisis), en Brad Stevens como un entrenador que abraza la idea de proyectos a medio y largo plazo, como los que lideró en Butler o el que ahora coordina en Boston, desarrollando jugadores y un estilo de juego, y en Erik Spoelstra como el pegamento perfecto para vestuarios difíciles: no era fácil hacer funcionar a aquellos Heat con tanta estrella y jugador veterano. Y uno puede pensar que el Barcelona contrató a Pesic para ganar la Copa (solo necesitó una temporada para hacer funcionar a los Navarro, Fucka y Bodiroga y ganar la primera Euroliga para la sección) y que, sin embargo, contaba con Sito Alonso para construir un proyecto a medio y largo plazo.

Surge, por lo tanto, una nueva derivada en la cuestión abierta sobre la necesidad de estabilidad y continuidad en los proyectos que aporta, de paso, nuevos interrogantes:

–¿Crees en la división entre entrenadores que proyectan y planifican y aquellos otros que culminan el trabajo y recogen los frutos?

–¿En cuál de estos dos perfiles encaja mejor tu figura?

–¿Qué tipo de entrenador, si aceptamos la división y salvamos los evidentes matices, contratarías para tu equipo tras una crisis de resultados?

–¿Los malos resultados justificarían la destitución de ambos perfiles? ¿Cómo juzgar, en el caso de los entrenadores del primer perfil, que su rendimiento está siendo el apropiado si no es dándole tiempo para que todo el trabajo pueda verse plasmado en la cancha?

27 mayo, 2018

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