Cuando fuimos los mejores

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El pasado 3 de septiembre se cumplieron catorce años desde que España venciera a Grecia en la final del campeonato del mundo de baloncesto celebrado en Japón. Hoy, a pesar de ser vigentes campeones, algunos de nosotros extrañamos aquella sensación. Tal vez solo porque éramos más jóvenes y extrañamos una cultura de baloncesto en nuestro país.

Tal vez porque ese campeonato del mundo cerraba un círculo e inauguraba otro. Con la generación de oro (nacidos en 1980) camino de la madurez, jóvenes como Rudy, Sergio o el fichaje de última hora, Marc Gasol, completaban una plantilla cuya base nos tuvo soñando hasta los Juegos de Río, o incluso hasta el Eurobasket de 2017. Los libros de historia recordarán, con viñetas e infografías, aquellos días de vino y rosas. Días que estamos prolongando de la mano de Ricky Rubio y gracias al talento de los cuerpos técnicos, a la vanguardia en temas de preparación física y comprensión y desarrollo táctico del juego.

El campeonato del mundo de Japón fue una auténtica gesta, pero no derivó en una cultura de baloncesto en España
No fue fácil creerlo: campeones del mundo.

Y no me quiero olvidar tampoco de los éxitos del baloncesto femenino. Subcampeonas olímpicas, campeonas de Europa y bronce mundialista. No lo hago, pero no voy a incluirlos en la ecuación porque sus perspectivas son cuantitativamente mejores. Al menos en número de practicantes, el baloncesto sigue siendo el deporte con más licencias entre las jóvenes.

Lamentablemente ya no somos Adán y Eva recorriendo el paraíso

Las sensaciones son irrepetibles y ahora ya no somos Adán y Eva recorriendo el paraíso. Nuestra mirada es vieja y la necesidad de comparar, absurda pero inevitable. En 2020 seguimos siendo campeones del mundo, como lo éramos el 3 de septiembre de 2006, pero a quien más quien menos le invaden sensaciones contradictorias cuando observa el panorama en diferentes escalas y no es capaz de atisbar, más allá de en la élite, o tan siquiera en ella, una cultura de baloncesto, un vástago de esos (y estos) tiempos cuando fuimos los mejores.

Las sensaciones son contradictorias cuando no es posible atisbar, más allá de en la élite, o tan siquiera en ella, una cultura de baloncesto, un vástago de esos tiempos cuando fuimos los mejores.

Lo observo a pequeña escala, en los colegios y parques, donde apenas se juega al baloncesto. No hay muchos maestros ni profesores, no necesariamente de Educación Física, que impulsen esta práctica. Ellos también son hijos de las nuevas tendencias de entrenamiento individual y a medida, importante pero compatible con las sensaciones que aporta un deporte colectivo.

Las licencias cayeron tras tocar techo en 2012

Este declive acaba llegando a las categorías federadas, que vieron como el número de licencias caía dramáticamente tras el pico de 2012, siendo esta caída mucho mayor entre los deportistas masculinos. Y se acaba percibiendo en las canteras de los equipos de élite quienes también, por su propia filosofía y ambición, no sienten que deban promocionar o incentivar de una manera particular la figura del “jugador español”, un bien difuso que en un contexto global y competitivo queda al margen de las visiones y misiones de las grandes entidades.

No se trata de repartir responsabilidades, todos acarreamos nuestra parte. Y ya es tarde para rendir cuentas.

Falta, por lo tanto, una cultura de baloncesto. Un entramado lo suficientemente fuerte y flexible al mismo tiempo para que todo funcione al margen de los ritmos biológicos, de picos estacionales. Lógicamente, en economías abiertas y sistemas democráticos, el deporte ha perdido parte de su función propagandística y ya nadie entendería verlo envuelto en una bandera, sea del país que sea. Sin embargo, al margen de la política, en una sociedad que quiere ser próspera y mirar al futuro, el deporte y el baloncesto deberían conservar un peso específico, contribuir a fijar valores y seguir abriendo caminos.

Es hora de fijar un nuevo compromiso

Durante la época de aparente esplendor económico, cuando jugábamos en la Champions League y nos asomábamos a las grandes cumbres, el baloncesto nos reunió en torno a su mesa en un gran banquete. Cuando lo peor de la crisis financiera nos azotaba, también. Y lo mismo a niveles más personales o comunitarios en los que el baloncesto, como actividad que reclama una atención completa y un altruismo sincero, cura también el alma.

No se trata de repartir responsabilidades, todos acarreamos nuestra parte. Y ya es tarde para rendir cuentas. Es tiempo para fijar un nuevo compromiso con el deporte que ha hecho de nosotros quienes somos. Cada uno desde su posición, desde su mesa redonda, su palco o su tribuna o el banquillo. Sin fisuras, como un buen equipo; sin excusas, como un buen jugador. Como cuando fuimos los mejores, que aún lo somos, en pos de una cultura de baloncesto, aunque sea más minoritaria, obligada a convivir con nuevas formas de ocio, con nuevos modos de ser y de estar.

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