La forma del agua

Tras años imitando la dureza del granito, los entrenadores afrontamos el reto de adquirir competencias y habilidades que sirvan para cualquier contexto.

Si dos seres recién llegados a nuestro planeta vieran dos partidos de baloncesto separados dos décadas en el tiempo dudarían de si se trata del mismo deporte. Está bien, concluirían, hay notas comunes: “ambos juegos comparten la existencia de dos canastas, un balón, cinco jugadores por equipo, pero ni siquiera el campo es el mismo –sus líneas son distintas— y la velocidad tampoco lo es. Se ha multiplicado el número de posesiones y el balón pasa más rápido de unas manos a otras. Las coreografías, el modo en el que los jugadores ocupan la cancha y realizan movimientos de cooperación y oposición, también han variado en favor de lo que podríamos definir como un caos ordenado o una aleatoriedad pautada”.

La comparación

Lo mismo sucedería si el elemento de comparación fuera el grado de desarrollo tecnológico de ambas sociedades, los modos de acceder a la información, o los procedimientos para filtrarla.

En veinte años han variado las ideas dominantes, tanto que todo el saber hacer acumulado durante décadas ha palidecido al contacto de las nuevas filosofías amparadas en el dato, sustentadas en una base estadística que, eso sí, corre el riesgo de convertirse en el principio mismo; en un argumento que se explica a sí mismo.

«Ni el baloncesto, ni el desarrollo tecnológico se pueden comparar con solo dos décadas de diferencia»

Juan José Nieto

La juventud

Y qué decir de la juventud, de sus modos de relacionarse o afrontar los retos vitales. Solo el choque generacional, que ya relataban los cronistas romanos, sobrevive fosilizando la recíproca incomprensión entre padres e hijos, un conflicto que se agrava a medida que se ensanchan las diferencias y, las personas, negándose a obedecer el sino de los tiempos, levantan muros de intolerancia sobre los cimientos de identidades artificiales que se desmoronan al más mínimo revés.

Solo por estos motivos, porque en muy poco tiempo han variado el juego, sus alrededores y, lo más importante, sus protagonistas, los entrenadores de baloncesto debemos reconciliarnos con el significado de la palabra cambio y adaptarnos a los nuevos contextos.

Si hace veinte años se nos pedía ser rocas impertérrita y firme, instructores y maestros inflexibles, ahora se nos pide ser conciliadores de voluntades y comunicadores.

Ciencias anexas como la psicología se colaron por la ventana después de haber sido expulsadas por la puerta y, desde que algunos decidieran saltarse el acuerdo tácito de la mediocridad, la preparación física, la nutrición y el cuidado de la salud de los jugadores marcan diferencias sustanciales, tantas que nadie puede quedar al margen de su influencia.

Imagen de la película Coach Carter

La evolución

Ahora bien, cambiar no es tan sencillo, no en vano supone censurarse a uno mismo, dar por obsoleta una idea en la que creías, que hasta pudo funcionarte en un momento dado, en esa temporada que recuerdas con tanto cariño.

¿Por qué dejar de hacerla entonces? Y si la realidad se obceca, ¿por qué habría de ser yo el equivocado? Evolucionar es, por lo tanto, una auténtica guerra contra el ego y la propia coherencia que solo llegaremos a vencer cuando podamos decir con seguridad, tal y como hacía Whitman, aquello de: “¿Me contradigo? Pues bien, me contradigo”.

Evolucionar es una auténtica guerra contra el ego y la propia coherencia de que solo llegaremos a vencer cuando podamos decir aquello de: “¿Me contradigo? Pues bien, me contradigo”.

Para nuestra fortuna, hay algo en nuestro ADN de entrenadores que nos permite adaptarnos al medio, proveernos de alas para planear en el aire, de un cuello más largo para acceder a los árboles de copa más alta.

Solo por el hecho de serlo, de haber sobrevivido a las eternas preguntas sobre su idoneidad, a las dudas de futuro o a las noches de insomnio, ya podemos afirmar que si una vez fuimos canal, arroyo o río, también estamos preparados para alojar piratas, islas y huracanes; para ser océanos adquiriendo, una vez más, como cada día en que nos reinventamos y adaptamos a una nueva realidad, la forma del agua.  

Y tú, ¿te atreves a evolucionar?

21 abril, 2019

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