La vocación del entrenador: Lo que los demás no saben.

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En estos tiempos de incertidumbre, en los que los consejos bienintencionados llaman a la cordura y la búsqueda desesperada de la estabilidad, ser entrenador de baloncesto, en cualquiera de sus categorías y puestos, es una auténtica aventura. Aunque con cariño, la gente de nuestro entorno nos llama locos. No les podemos culpar. Lo estamos. Algunos lo llaman vocación.

También comprendo que no entiendan lo que nos mueve a dedicar tantas horas a esta actividad, qué clase de fiebre nos provoca enseñar los primeros pasos en el juego a un niño o niña recién llegado, acompañarlos en el proceso de mejora y perfeccionamiento o hacer jugar con armonía a un equipo senior o profesional, gestionando con esa mezcla de poder firme y blando un grupo de personas en pos de un objetivo colectivo.

José Luis Ereña, ejemplo de vocación y de entrenador adaptado a los tiempos
José Luis Ereña, todo un ejemplo de vocación

Ser entrenador de baloncesto, en cualquiera de sus categorías y puestos, es una auténtica aventura.

Por eso voy a intentar ayudarlos y de ahí que este artículo no vaya tanto dirigido a nosotros, entrenadores, como a quienes nos rodean y viven con nosotros, a quienes nos dan su aliento pero no siempre entienden nuestra vocación, a quienes les cuesta explicar a qué se dedican sus hijos, sus padres o sus parejas cuando hablan con terceras personas.

Ser hombro y guía.

En muchas ocasiones, demasiadas, la enseñanza de contenidos, de saberes teóricos y prácticos, fagocita la labor de tutorización y mentoría que es propia de todos los maestros. Tocar el piano, dominar el inglés o ser diestro en el manejo de ciertas herramientas es importante, pero estar en paz, actuar con integridad y respetarse (para respetar) lo es todo.

Para un buen entrenador esta es la labor fundamental. Entre otras cosas porque es la mejor manera de ganarse la confianza de los jugadores, con independencia de la edad que tengan. Ampliar el espectro, ir más allá de lo prosaico, de los elementos técnico-tácticos del juego y las victorias y las derrotas, conseguirá, pese a lo que pudiera parecer, que todo lo demás brille.

Competir por competir.

Hace unas cuantas fechas puse en valor el entrenar para entrenar, es decir, la búsqueda inútil y absurda de la propia perfección, con todo lo que ello provoca y genera en el espíritu y la mentalidad del aprendiz. Pues bien, esta semana introduzco el valor del competir por competir, no para ganar sí o sí, como único destino para nuestros esfuerzos. No, por la sola vocación de competir.

Competir por competir implica ir un poco más allá de los umbrales de esfuerzo preconcebidos, idear nuevas estrategias, jugar con la psicología propia y la del rival. Somos individuos que juegan y, sin renunciar a la nobleza y el respeto al contrincante, tratan de prevalecer en la cancha, como tendrán que hacerlo también en el mercado laboral o en ámbitos distintos de la vida.

Enseñar el juego.

El baloncesto es un juego fantástico que ofrece múltiples posibilidades, fruto de la combinación de dos elementos muy simples, la canasta y el balón, y de varios muy complejos, los jugadores. El hecho de que sea un deporte de invasión, que comparte un único móvil que ha de ser lanzado a un objetivo a 3,05 m de altura, permite que puedan convivir individuos de complexiones físicas muy distintas, con habilidades diferentes y que todos puedan ser fundamentales en un momento dado.

Pepe Laso, ENTRENADOR de baloncesto
Pepe, Laso, ejemplo de vocación y pedagogía, durante el Youth ProCoach

Por otra parte, las estrategias de colaboración en la ocupación y vaciado de los espacios, en el favorecimiento de la acción de un jugador, en detrimento muchas veces de la propia, hablan, por sí solas, de altruismo y generosidad, dos valores que las sociedades avanzadas también promueven entre sus ciudadanos. Para enseñarlas, además de practicarlas, hace falta vocación.  

Formar parte de algo más grande que nosotros.

Con las religiones en el ostracismo, sin grandes referentes a nivel político y social, tras el crepúsculo de los dioses y la desaparición de los clásicos, este ritmo de vida y esta continua tentación egocéntrica aconsejan, más que nunca, que nos diluyamos en organizaciones y conjuntos más grandes que nosotros mismos.

Entre otras cosas porque así no tendremos que remar en solitario, porque de esta manera siempre habrá alguien a nuestro lado, contaremos con su presencia y con su apoyo y, en justa reciprocidad, le haremos saber que también nosotros estamos ahí para lo mismo.

Y ganar, claro.

Ganar es una droga tan poderosa que su sola idea, en acción conjunta con la del temor a perder, te hace trabajar por encima de tus posibilidades, ir un paso más allá en la ética y capacidad de trabajo, obviar el agotamiento y olvidar enseguida su sabor, para querer probarlo de nuevo. Quizá sea algo adictivo, pero también podemos llamarlo vocación.

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