Las obras quedan… Jerry Sloan también

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Sería irónico, cuanto menos, que la palabra que resumiera la larga carrera de Jerry Sloan, fallecido ayer, fuera “derrota”. Sería irónico, digo, cuando el mundo del baloncesto despidió anoche a un dos veces campeón de la segunda división de la NCAA, a una séptima elección en el draft de 1965 por los Baltimore Bullets, dos veces All Star, seis veces miembro del mejor quinteto defensivo de la liga y al primer jugador condecorado con la retirada de la camiseta en la historia de los Chicago Bulls, equipo al que llega tras ser elegido en un draft de expansión

Lealtad sería una mejor elección, como demuestran las palabras referidas a Frank Layden, entrenador de los Utah Jazz, durante la ceremonia de acceso al Hall of Fame: no tengas ninguna duda de que hubiera disfrutado mucho siendo tu ayudante durante toda mi carrera. Pero Layden tenía otros planes, y en diciembre de 1988 decidió abandonar el equipo, centrarse en su función en los despachos y dejar el testigo en manos de su leal lugarteniente.

Chicago-Evansville-Salt Lake City

Un lugarteniente, Jerry Sloan, que además de cargar con la pesada cruz de quien se queda a las puertas de la victoria, contó por despido su primera experiencia en los banquillos, precisamente en Chicago, donde no le otorgó inmunidad ser considerado como “The original Bull”. Tras esta pequeña decepción decide aceptar el empleo en su alma mater, Evansville, pero tras muy pocos días recibe la irrechazable oferta de Utah Jazz y, a buen seguro, evita estar involucrado en el accidente de avión que, en diciembre de aquel mismo año, les costaría la vida a todos los miembros del equipo de baloncesto de aquella pequeña universidad privada del estado de Indiana.

Da igual lo tenso, o hasta violento, que hubiera sido el entrenamiento. En el autobús todo el mundo hablaba con todo el mundo. El ambiente era inmejorable

Karl Malone, segundo máximo anotador de la historia de la NBA

Aquel viaje fue el último. No sabemos si entraba en los planes de la familia Sloan pasar casi treinta años en Salt Lake City, Utah, o si parte de esta fidelidad, además de la inmediata comunión con los propietarios, los Miller, y su estrecha relación con Frank Layden, tenía algo que ver con un interno y profundo agradecimiento por haberle permitido no estar en ese avión el día en que se estrelló. De lo que sí estamos seguros es de que, con su constancia y su carácter, contribuyó a crear una cultura de trabajo y victorias en un equipo que encadenó, desde su llegada como ayudante, veinte temporadas seguidas en playoff.

Si algo supo hacer bien Jerry Sloan, y creo que ahí radica el éxito de muchos otros de sus contemporáneos, Phil Jackson, Larry Brown y Gregg Popovich incluidos, fue saberse rodear de un enorme equipo humano. En su discurso de entrada en el Hall of Fame hay un nombre que destaca entre el resto, el de Phil Johnson, no en vano nombrado cuatro veces como mejor entrenador asistente de la NBA por los managers de la liga, y a quien no dudó en hacer partícipe de todos sus logros.

Sus mejores asistentes fueron Karl Malone y John Stockton

Aunque a nadie se le escapa, que sus mejores asistentes vestían de corto y son historia de nuestro deporte: Karl Malone y John Stockton, a quienes hizo rápidamente cómplices de su idea de baloncesto, y su forma de entender la vida interna de un vestuario, quizá el mayor de sus méritos: Da igual lo tenso, o hasta violento, que hubiera sido el entrenamiento. En el autobús todo el mundo hablaba con todo el mundo. El ambiente era inmejorable.

El de Utah Jazz es el mejor sistema ofensivo al que nunca me he enfrentado

Pat Riley, seis anillos como entrenador de Los Angeles Lakers y Miami Heat

De sus méritos como estratega, un rápido vistazo a nuestras creencias podría llevarnos a etiquetar a Jerry Sloan como un entrenador defensivo, lo que en cierto modo tendría sentido, pues sus equipos jugaban a muy pocas posesiones (89, 2 en la 97-98), aunque lo cierto es que se movían en cifras muy cercanas a las del promedio de la liga (90,1). Sin embargo, su acierto en los tiros de campo (49%, el mejor de la liga), su porcentaje en tiros libres (77,3, también el mejor de la liga) y también el acierto desde el perímetro (37,2, cuarta posición) los sitúan, paradójicamente, como el cuarto mejor equipo de la historia en términos de eficiencia ofensiva, una vez hechos los ajustes relacionadas con el ritmo de juego. Sin ir más lejos, Pat Riley definió el ataque de los Jazz como “el mejor sistema ofensivo al que me he enfrentado nunca”. Desde la sencillez y con el foco siempre puesto en la ejecución. ¿Les suena?

Lo cierto es que los de Utah fueron el equipo que más lejos llevó el sueño de vencer a los Bulls de Michael Jordan en unas finales, hecho que los relega a la injusta condición de perdedores, a ser los Poulidor del baloncesto cuando, en realidad, Sloan y compañía se pasaron la vida ganando partidos, construyendo una cultura de la que aún bebe el actual conjunto dirigido por Quin Snyder y a cuya sombra hicieron carrera numerosos jugadores, también Deron Williams, base de enorme talento, que tendría el dudoso honor de, con sus repetidas muestras de indisciplina, precipitar el adiós de Jerry Sloan, uno de los grandes entrenadores de la historia del baloncesto, un hombre serio y leal que creía en la normalidad y en la autodisciplina como lemas vitales. Descanse en paz.   

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