Muerte de un maestro

Creativo, pionero, MAESTRO.

Por la falta de un clavo se perdió la herradura.

Por la falta de una herradura se perdió el caballo.

Por la falta de un caballo se perdió el jinete.

Por la falta de un jinete se perdió el mensaje.

Por la falta de un mensaje se perdió la batalla.

Por la falta de una batalla se perdió el reino.

Y todo por la falta del clavo de una herradura.

 

(George Herbert, 1659. Poema favorito de Tex Winter)

A la muerte de un artista le siguen toda suerte de homenajes. Se reponen sus obras en los estantes de una librería, se escuchan de nuevo sus canciones, se hacen largas colas a las puertas de las galerías. Su inmortalidad se basa en la movilización de los recuerdos, en su conexión con las biografías individuales de quienes las contemplan o escuchan. Su huella reposa tanto en la creación en sí misma como en la emoción que suscitó y en su memoria.

A la muerte de un maestro, en cambio, le sigue un carrusel de agradecimientos que muchas veces no le fueron expresados, el reconocimiento que durante años se mantuvo en el éter de lo implícito o consabido. Pero también ellos son inmortales. Más aún que los artistas, pues no quedan sujetos ni a las modas ni a ese vínculo emocional entre el objeto y el sujeto y basan, en cambio, su vida eterna, en el calado de sus enseñanzas, en la hondura y el eco de su mensaje.

Dicho esto, anoche murió Tex Winter, de noventa y seis años, tras más de ocho décadas de dedicación casi plena al baloncesto, a su juego y enseñanza. Al baloncesto como transmisor de generosidad, autodisciplina y ética, tres valores que estuvieron muy presentes durante su período en Kansas State, una modesta universidad a la que llegó a situar en la final a cuatro nacional tras asumir el puesto de entrenador jefe con tan solo treinta años. Allí comenzó a desplegar su faceta creativa: movido por la necesidad de dotar a un juego secuestrado por las defensas y las concepciones conservadoras de un mayor dinamismo, inventó lo que inicialmente bautizó como Triple Post offense (nombre de un libro de texto que viera la luz en 1962), un sistema que después evolucionaría en lo que los historiadores del baloncesto recodarán como “El triángulo ofensivo” (side triangle offense) u “ofensiva triangular”, en la medida en que el primer movimiento consiste en un pase del base al alero y un corte hacia la esquina del lado fuerte, un lado fuerte ocupado también por un jugador en poste bajo.

Esta ofensiva “de la igualdad de oportunidades”, como la bautizaría irónicamente Michael Jordan antes de abrazar sus bondades y evolucionarla gracias a su conocimiento del juego y a su talento excepcional, fue la clave de los seis anillos de los Bulls, un equipo que hasta entonces, dirigido por Doug Collins (quien pensaba que el sistema de Winter estaba bien para equipos universitarios, pero no para profesionales), lo había apostado todo a la iniciativa individual de su mejor jugador, algo que, como el mismo Phil Jackson insistió para convencer a la estrella nacida en Brooklyn, se había demostrado insuficiente. De hecho, la estadística hablaba de que solo un equipo entre 1954, año en el que se introduce el reloj de posesión, y 1990 había ganado el anillo contando en sus filas con el máximo anotador de la temporada (Milwaukee Bucks y Lew Alcindor, Kareem Abdul Jabbar, en 1971).

Famosa es la anécdota en la que a la acertada reflexión de Tex Winter de que en la palabra “team” no hay lugar para el ego “I”, Michael respondió: pero sí en la palabra victoria (“win”). Del mismo modo, Phil Jackson habla en su obra “Once anillos” de Kobe Bryant, inicialmente reacio, como del gran converso, al terminar adorando la imprevisibilidad del sistema, el hecho de que ninguno de sus rivales pudieran hacer scouting del ataque de los Lakers pues, como el mismo Bryant declaraba: ni siquiera nosotros sabíamos exactamente cómo nos moveríamos.

Sin embargo, en Sport Coach nos parecería injusto que su condición de pionero, de inventor y creativo, invisibilizara su primigenia condición, la de profesor de baloncesto y verdadero gurú de los fundamentos ofensivos básicos, esos que enseñó con devoción en su época de universidad, pero también a los jugadores profesionales. Amante de la repetición entusiasta y dirigida, con una fuerte relación con el juego, Jerry Krause, director de operaciones de los Bulls de los 90, lo definió ayer mismo como el mejor profesor de fundamentos de la historia del juego. Un juego que estudió de tal manera, que vivió con tanta pasión, que Tex Winter no dudó en hablar de sí mismo en estos términos, sin falsa modestia: I honestly believe that I know as much about basketball as anyone in the profession.

Nosotros no lo dudamos y, aunque ya lo echamos de menos, nos aferramos a la inmortalidad de sus enseñanzas, a la vigencia de sus principios y filosofía y, en cierta manera, nos atrevemos a tomar el testigo y seguir el camino que él mismo marcó al dejar siempre abiertas las puertas de sus entrenamientos para todos aquellos que quisieran seguir formándose en el baloncesto y su pedagogía. Esta loca aventura que nos mantiene en comunión con la vida.

Gracias, maestro.

11 octubre, 2018

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