¿Qué hacemos con el bueno?

El papel del entrenador en la gestión del talento

Que José Antonio Reyes sabía moverse con talento, jugar y hacer jugar a sus compañeros del lado interior de la línea de banda lo sabíamos todos. Con su don mezcla de genes y barrio conquistó a directores deportivos e hinchadas incluso extranjeras. Tanto a pierna natural, como a pierna cambiada, partiendo cerca de la banda, pero también entre líneas, puso en aprietos a las defensas mejor estructuradas del planeta fútbol.

¿Pero y fuera de la línea? ¿Lejos del terreno de juego, en eso que llaman “la vida”? En el ámbito donde la gambeta es un alarde innecesario, la pillería una ilegalidad y la mortalidad el más indiscutible de los hechos, muchos deportistas de élite siguen comportándose como en la pista, olvidando que sus virtudes no se traducen de un modo inmediato –como muchos de ellos piensan– al mercado, las discotecas o la carretera.

Del trágico accidente del ex futbolista del Sevilla ocasionado, al parecer, por una actitud temeraria, podemos inferir varias lecciones, muchas de las cuales nos pueden servir en nuestra labor diaria como entrenadores.


Lo confieso, yo he sido el primero que he respondido con flexibilidad a la relajación, el narcisismo o la tiranía del “bueno”.

Lo he hecho de una manera no siempre consciente, asumiendo, tal vez, que el día de mañana, en un partido apretado, lo necesitaría de mi lado, empujando la barca contra la corriente. En otras ocasiones, además, de un modo más natural, he presumido que si era capaz de coordinar los apoyos de una entrada a paso cambiado sabría mejor que nadie leer un partido, actuar en un final apretado o comportarse, lo que no siempre es así.

Es un error. No solo porque se erosiona nuestra autoridad al compás del incumplimiento de la noción de justicia en la que creo –dar a cada uno lo suyo– y se resquebrajan, así, los cimientos en los que funda la estabilidad del equipo. También porque retroalimentamos un mensaje que ya goza de suficiente fuerza y que no hace ningún bien a un jugador que ya suele ser ovacionado: “eres el mejor”.

Al jugador bueno hay que exigirle más en la pista, pedirle sacrificios, no puntos, que haga mejores a sus compañeros, que sea generoso en su comunicación diaria, que respete un juego con más de cien años de historia, que estaba antes de que naciera y le sobrevivirá. Eso y acompañarle fuera de la línea, donde suele caer en una autocomplacencia alimentada por la posesión de un talento que, calcula (no siempre bien), le puede permitir ganarse la vida.

Porque si el deportista se equivoca al creerse un ídolo inmortal, el entrenador que abandona su trabajo de “mentor” o, peor, el que alimenta el ego del monstruo con su pasividad, contribuye a la autodestrucción de un ser humano cuyo principal pecado, por paradójico que esto pueda parecer, no fue otro que ser muy bueno, antes de tiempo, en una actividad popular y lucrativa, y no tener un padre, una madre, un hermano, un guía o entrenador que le dijera NO. Es la educación, amigos.

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